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viernes, 29 de enero de 2010

Simuladores políticos: "Yo Presidente"

Hace ya tiempo me compré un juego de ordenador llamado “Yo Presidente”. Básicamente consiste en ser el presidente de un país y gobernarlo, con más o menos acierto, para garantizar la reelección. Si uno empieza con España en 2006, será José Flocho, del PSO, que gobierna con mayoría simple. Hay superavit del Estado, la situación económica está boyante y la popularidad del gobierno está en torno al 50%. Hay que ir preparando el terreno para las elecciones y, claro, hay dos estrategias complementarias para crecer en popularidad y garantizarse la cómoda reelección.

La primera consiste en multiplicar el gasto en la lucha anti-terrorista e infiltrar agentes en los grupos terroristas gallegos, vasco, catalán, los yihadistas y las mafias rusa y china (¡madre mía, que de gente!). Cada vez que detienes terroristas, la popularidad del gobierno sube como la espuma. Mano dura. Pero por el otro lado me dedico a políticas de gasto público. Subo el salario mínimo y las pensiones, pongo una subvención al alquiler (¿Os suena?), aumento el salario a los funcionarios y contrato más médicos y maestros. De paso, apruebo una legislación para separar la Iglesia y el Estado y para despolitizar la fiscalía. Aunque no siempre tengo el apoyo de todos los grupos y algunas reformas las paso por los pelos (por ejemplo, la subvención al alquiler la pasé una vez por apenas el 51% de la cámara), si hablas con los portavoces de los grupos y los invitas a café y champán, incluso si tomas de amante a alguna de ellas (menuda chorrada de negociación), terminas sacando las leyes. Cuando llego al 85% de popularidad convoco elecciones anticipadas y ¡Voilá!, mayoría absoluta. Menuda reforma fiscal que se van a comer con patatas…

Cuando pasa un tiempo, el juego se vuelve un poco monótono si no te marcas tus propios objetivos. Y la propia política a veces parece incoherente. ¿Cómo es posible que mi propio partido se oponga a una subida de las tasas medioambientales del 3% (haciendome retirar la ley) pero estén a favor de una subida del 5%? Los propios partidos a veces parecen incoherentes, además de ser muy pasivos. Las CCAA tienen un papel meramente testimonial, porque sólo hay elecciones nacionales y simplemente tienen un gobernador que no hace nada (aunque de diferentes partidos, nunca cambian). Las negociaciones políticas son una tontería tremenda, y en un país parlamentario no hay disciplina de partido. Puedes nombrar ministros de diferentes partidos, pero ni por esas te aseguras su apoyo en las leyes (¡Como el tripartito!). La gestión internacional es una tontería, las reuniones de la unión europea son una recomendación sobre los niveles de déficit e inflación a mantener, el espionaje interno y externo es tortuoso, los acuerdos comerciales entre países una pesadez… Vamos, poca sofisticación.

Sin embargo, es más interesante jugar a cambios de régimen o desmantelar el Estado de Bienestar (menudas huelgas te esperan). Una partida me decidí a intentar democratizar China. La clave está en tener el apoyo del ejercito (súbeles el presupuesto, invierte en defensa, incluso haz una guerra fácil) y popularidad (gasto social, medidas aperturistas). Y mucho ojo con tu propio partido, que como te descuides te prejubilan. O, como estés en África, te fusilan. Fracasé en China. Más cerca estuve en Irán. Logré incluso hacer unas elecciones libres y competitivas, aunque bajo sistema mayoritario (el partido que pilota la transición, el mío, necesita tener manos libres y fragmentar la cámara no es bueno para mis intereses…) Por descontado, intenté hacer que la sharía dejase de ser ley oficial para ser sólo religiosa y me montaron en un avión en medio de la noche camino de Pakistán. ¡Así es la vida! Más fácil fue colapsar la democracia en Bielorrusia o Ecuador. Y si se enfada la ciudadanía, ¡Ley marcial!

Menos mal que es solamente un juego de ordenador. Pero si eres politólogo (o te gusta la estrategia de gestión) y no te importa que los gráficos del juego sean como una caja de Choco-crispis, te recomiendo que me pidas copia. Que aunque algunas cosas parecen increíbles, no pocas veces la realidad supera a la ficción…

domingo, 6 de diciembre de 2009

Dilemas escatológicos

Mi despacho está al lado de los baños de esta ala de la universidad, que a su vez lindan con Secretaría Académica. Así pues, tengo a un tiro de piedra los dos destinos más comunes de cualquier miembro del departamento de ciencia política. Por supuesto, a veces uno no sabe exactamente donde hace más papeleo y donde hace más… Los baños son sólo de hombres y de minusválidos así que las escasas féminas del departamento tienden a entrar en el último, siempre infrautilizado. En esta entrada quiero hablaros de un interesante dilema de poder que se crea cuando uno va a la baño de la universidad.

Este baño tiene su correspondiente espejo, su lavabo y su secador de manos, una fuente de agua fresca (en una especie de surtidor plateado), sus cuatro urinarios de pie y dos váteres cerrados. Siempre, por sistema, uno de los váteres está estropeado. Así pues, supongamos que un estudiante de doctorando tiene ganas de hacer una necesidad, digamos, rápida. El estudiante se enfrenta a un dilema estratégico. En estos aseos puede entrar en cualquier momento un catedrático, profesor o incluso (¡Horror!) su propio director de tesis. Como se sabe, los urinarios de pie generan en ocasiones momentos incómodos. No en mi caso, pero es sabido que algunas personas necesitan cierta intimidad para su deposiciones. De hecho, como demuestra la experiencia, dos hombres en urinarios de pie tenderán a dejar un espacio entre ellos, de modo que se llenarán de manera alternativa hasta que los impares estén en ocupados, pasando subsiguientes usuarios a llenar los pares. Así, el estudiante se encuentra con que puede haber urinarios en uso o no. Se suele dar que si un catedrático está usando un urinario de pie, los estudiantes irán directamente a los baños cerrados. Si están vacíos, ejecutarán la micción con tranquilidad. Pero como suele haber uno roto, y quizás alguien se haya adelantado, el estudiante preferirá ir a dar una vuelta prudencial o beber de la fuente para ganar tiempo a favor de la próstata del eminente profesor.

Pero claro, el pobre estudiante no juega en el vacío. ¡Cuantas incómodas situaciones se generan cuando hablamos de deposiciones de mayor calado! Quizás la peor situación de todas sea ver como un profesor entra en el lavabo cerrado y escuchas la monocorde sinfonía del desfilar de sus excrementos. Pero no es la única situación, pues las largas noches de invierno que el estudiante malgasta en su despacho pueden conducir a que sea él quien requiera de obrar en sentido semejante. Cuando está dentro, puede darse que alguien ya esté distraído en sus propios menesteres o que alguien entre para hacer una parca micción. Entonces comienza el juego por el cual el estudiante debe ser cuidadoso en el manejo de los tiempos. Obrar de tal manera que o bien el usuario de la cabina contigua termine antes o después y nunca se vean las caras; o bien esperar a que termine el invitado de orinar y entonces hacer uso desenvuelto del aseo. Afortunadamente, existe entre los usuarios de los baños cerrados el código no escrito de evitar mirar a la cara a quien has escuchado en sus más íntimas tareas. Así de curiosos son las reglas no escritas de un aseo en el departamento. Sé que no es un tema que suscite grandes apasionamientos, pero son cosas de la vida misma. Ahora imaginaros que puente estoy pasando…

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Y hablan, y hablan...

Una de las cosas que más me gustaron del libro de “Momo” cuando lo leí en su día fue la referencia que hizo a la virtud suprema de la protagonista. Momo tenía la capacidad de escuchar. Desde luego, nunca ha estado más de actualidad. La combinación entre prisa y egocentrismo ha desplazado esta virtud a los psicólogos, los sacerdotes y algún que otro amigo. Hay gente que, por supuesto, hace una pregunta retórica en la que tu respuesta es irrelevante. Ni siquiera te escuchan. Están preparándose para descargar su historia.

Sin embargo hay otros casos en los que alguien te asalta directamente, sin ningún pudor, y te cuentan una película. Yo reconozco que últimamente me topo con mucha gente de este tipo y que tengo mala suerte: soy educado y no les tengo confianza. Si al menos fuera maleducado (al estilo House, pongamos) les diría la verdad. “No me interesa. Déjame en paz”. Si al menos fueran amigos y me estuvieran taladrando el cerebro (yo también lo hago, aquí nadie está libre de pecado), al menos les podría decir a modo de chascarrillo; “Madre mía que torrada me estas dando. Cambiemos de tema”. Pero ya os digo, no estoy teniendo suerte y me estoy comiendo cada una…

Por otra parte, mientras me habla me veo en un doble compromiso. Por una parte, mi función fática nunca ha sido nada del otro jueves. Así que necesito un esfuerzo considerable para poder emitir un “ajá” o “mmm” o “pues vaya”. Pero por la otra cuando me aburro, mi mente tiende a irse por otros derroteros. Que me pongo a pensar en otras cosas, vamos. Esto hace que a veces, cuando vuelvo a la Tierra, me encuentre con que no he seguido la conversación. Por si acaso, intento tomar algún hilo por si luego me pregunta. Pero la mayoría de las veces, como el sujeto viene a lo que viene, ni se molesta. Así, podemos despedir la conversación sin más.

Un caso práctico. El otro día me cruce por la calle con una amiga de Julio que he visto de ciento a viento. Con amabilidad le saludé y le dije un “Hola, ¿Qué tal?”. Craso error. ¡Madre de mía, que rallada me metió la tía! 20 minutos de reloj con un monólogo en que me relataba sus vicisitudes laborales y su indignación con la burocracia universitaria. Como veis, os cuento la idea general, porque no le presté ninguna atención. ¿Y qué más da? Ella se desahogó y yo aguanté, así que todos contentos.

Si, es cierto, hoy día no se sabe escuchar. Y lo que es peor, la gente se siente muy sola. Necesita hablar (en un monólogo) con alguien. Yo lo comprendo y hasta lo comparto ¡Que hablen si son felices! Es bastante barato y todos los hacemos. Pero querido semi-desconocido que me asaltas por doquier, te doy un consejo. Cuéntale tu vida a tu amigo, tu novio, tu madre o tu hermano que seguro que te escuchan más que yo...

martes, 27 de mayo de 2008

Cinco madres

Hace varios meses recibí un encargo para hacer una entrada. M. y G. pedían insistentemente un post en el que se cantaran sus excelencias. Pero ¿Cómo hacer para retratarlas sin caer en la burda adulación? Ciertamente, escribí varias versiones pero ninguna me satisfizo totalmente. Hasta que a mi padre se le ocurrió la mejor manera de dar una imagen certera sobre cómo son cada una de ellas. Retratar como son “las madres”, precisamente, como madres. Porque no hay mejor indicador observable de lo enormemente diferentes que son entre ellas.

A M.S. siempre la he asociado desde pequeño con “Mary Poppins”, aunque sin saber mucho por qué. Quizás porque es proclive a desplazarse volando de un lugar a otro, a estar en todos los sitios. Su carácter es cooperativo pero a la vez de caminante infatigable. Con disciplina prusiana. Organizada hasta el extremo. Con método. Sus hijos han llevado siempre los más deliciosos manjares al recreo. El bizcocho, la tarta de galletas… que terminaban sirviendo de comida para todos sus compañeros. Otras madres hubieran rebajado el nivel a un bocata de salami. M.S. es de las que dobla la ración para que llegue bizcocho a todo el mundo. Es la misma que confisca el pan a su hijo para que se acabe el rancho. Si un don tiene M.S. es la omnisciencia propia del clan a que representa. Conoce a todos y sabe de todo. Sobre todo, el camino a Préjano.

M. está hecha de otra pasta. Aunque sabe ponerse seria, es la de la risa floja de los “cojoncillos”. Es una confidente silenciosa y leal, infatigable en el crucigrama. Un carácter afable pero que cuando entra en colisión con sus hijos se transforma. Con ellos es el conflicto permanente, un insistente toma y daca. El hijo mayor, por supuesto, es el que más le entra al trapo y cae en sus trampas. Pero no significa que se lleven mal, sino todo lo contrario. Se quieren muchísimo. Sólo que lo expresan picándose entre ellos. Fan de “Estopa”, aunque lo canta con dificultad, es una apasionada de los juegos de ingenio. Ella es urbanita, le gusta la vida de ciudad, el contacto con gente. Pero cuando se ve atrapada por el imperativo rural, cómo le pasa con frecuencia, sabe arrimar el hombro. Le encanta hablar pero, sobretodo, es buena escuchando.

M-M. no tiene nada que ver. Ella vive en una doble dimensión, mágica, entre lo fantástico y lo real. Tan pronto está hablando contigo cómo se abstrae en sabe dios que pensamientos. No es que le falte cobertura, sólo que tiene línea directa con “Los Mundos de M.”. Pero siempre está sonriendo, de un modo u otro. Loca por cumplir los deseos de la pequeña M., a la que lleva de lado a lado con un orgullo de madre. Puede que crea que la comida se está haciendo pero tenga apagado el fuego. Sí, es despistada. Pero sabe vivir feliz. Aunque ojo el que se crea que no es astuta. Porque sabe encajar muy bien golpes cuando conviene. M-M. es paciente y calma, cómo las mareas. Es de sofá y libro. Es de manta de cuadros. Y sobre todo es de risa contagiosa, de esa risa que tiene que te recuerda a la de una niña y que no puedes evitar acompañar.

G. tiene su qué. Por una parte, le encanta estar metida en todos los sitios, le gusta participar en las cosas. Herce es su ciudad de adopción, pero ya es casi su lideresa. Es una jugadora imbatible de mus, rabino y parchís. Pero por otra parte no es un carácter hogareño. Es más de salir. Es de hacer cosas con los pequeños, es de atracciones, es de viajar. Más que por edad, es por actitud. Con sus hijos no es para nada conservadora, pero los choques que tiene con el pequeño son terribles. En cierta medida, porque son muy parecidos. Su carácter es el de una cartera. Va a su ritmo pero conoce todos los buzones. Y cuantos más conozca, mejor. Le gusta mucho sentirse arropada, le gusta estar siempre con gente. G. es pródiga en generosidad, poniéndolo todo siempre a disposición de los demás, sin pedir nada a cambio. Bueno, quizás un café.

A.M. tiene esa salsa de los andaluces que prodiga en reuniones sociales. Y aunque eso le da la gracia que les es propia, no le salva de ser, quizás, la más indiscreta de las 5 madres. Nadie se salva de un interrogatorio amoroso que deja caer con sutiles comentarios de “¿Ya tienes novia?”. Parecería que quiere casarnos a todos. Y sobre todo a su hijo mayor, al que trae loco con el tema. Tiene un don a la hora de caer bien a la gente. Y eso que sus hijos son de carácter fuerte y colisionan con frecuencia, sobretodo con la adolescente. Así, A.M. sufre más la procesión por dentro que por fuera, pues nunca da un desplante o pone un mal gesto. Es una caja de sorpresas, pues cuando menos te lo esperas, sabe tocar la guitarra. Y también es de firmes convicciones, que defiende con vehemencia. Y sin embargo, con ella la discusión es fácil de evitar. Si media un merengue.

Son cinco madres. Son formas diferentes de entender la maternidad y la vida. Y sin embargo, en cierta medida, nos han criado todas juntas desde bien pequeñitos. Ellas son, quizás, nuestras cinco madres.

martes, 6 de mayo de 2008

Madrid

Este pasado puente del 1 de mayo, y aprovechando la celebración del bicentenario de los famosos fusilamientos, he ido por primera vez en mi vida a Madrid. Nunca en toda mi vida había visitado la capital, de modo que nos decidimos a aprovechar el puente de la comunidad para hacerlo. Un viaje que estuvo salpicado de turismo y regado con mucha cerveza. Alimentado con bien de tapas de jamón y tortillas de patata. ¡Qué diferentes son Madrid y Barcelona!

Allí, y eso es cierto, estuvimos en contacto con todo tipo de personas menos con madrileños. La vieja villa alberga en su seno una comunidad universitaria mucho más plural que la de Barcelona. En cierta medida la barrera lingüística genera recelos más allá de la franja de Poniente, lo que es una pena. Muchos de esos recelos son injustificados. De la misma manera, también es verdad que Madrid dispone de más universidades y con mayor tradición. Pero donde aquí el área de influencia es el Mediterráneo, la capacidad de atracción de la capital alcanza toda España. Más allá de eso, la propia vida universitaria es diferente, evoluciona un ritmo que da un poco de envidia. Ver cómo la gente tiene actividades en los colegios mayores, cómo echan sus partiditas de mus hasta las tantas. No es cuestión de Madrid, sino que los que entramos en la Pompeu estábamos firmando un contrato con el diablo. Vendimos nuestra vida universitaria por el prestigio del título.

Pero volviendo a Madrid, los propios estudiantes tienen una facilidad en comparación con Barcelona. ¡Salir es más barato! Por ejemplo, mientras que un billete sencillo de metro en Madrid cuesta 1 euro, en Barcelona es ya 1,20. Las cañas, aparte de ser (según se puede contrastar) de las mejor tiradas de toda España, siempre van acompañadas gratis por una tapa de jamoncito, de aceitunas, o algo que la haga más ligera. Así ¿Quién no estaría todo el día haciendo cultura de bar? Por ejemplo, llegamos a ir a un disco-bar donde los cubatas salían a razón de 2 por 6 euros. Si alguien conoce un sitio así en Barcelona, por favor, que me lo haga saber… Es cierto, por otro lado, que la Ciudad Condal tiene unos barrios mucho más pintorescos, más propios. Barcelona no se parece a nada que haya conocido jamás. Madrid, en algunas partes, no en el centro, podría pasar por una capital de provincia. Pero Barcelona se está mercantilizando que es una barbaridad. El Borne (Gracia menos) cada vez está más tomado por guiris, por locales de diseño. Todo mucho más fashion. Todo mucho más caro.

¡Ah! Pero Barcelona tiene playa, y eso se nota. Tradicionalmente, más abierta hacia Europa y el mundo que la castiza Madrid. Pero es difícil buscar solución al antiquísimo litigio entre las dos ciudades. Además, tampoco conozco Madrid cómo Barcelona, y quizás eso haya hecho que retenga una impresión tan positiva. Después de todo, una cosa es estar un puente de vacaciones y otra vivir de continuo. ¿Pero por qué tendrían que negarse la una a la otra? Cada rincón de la península ibérica tiene unos olores propios que cautivan a propios y extraños. Unos rincones llenos de encanto. Nos es propio amar aquellos lugares en los que nacemos o en los que pacemos, pero no por ello deberíamos dejar de reconocer las virtudes de los nuevos que conocemos. Hay todo un país por descubrir más cerca de lo que a veces nos damos cuenta.

miércoles, 2 de abril de 2008

Una vida en Plata

Muchas veces me he hecho la pregunta de si seré capaz de pasar toda mi vida con una persona. En pareja. ¿Tan poderoso es el cemento del amor que puedes estar dispuesto a compartirlo todo (incluso los genes) con una persona? ¿De verdad eso no se agota nunca? Un amigo mío dice que el amor no dura más de dos años y que el resto, es cariño. Pero sin embargo, hay parejas (quizás, cada vez menos) que duran más de un par de años. Y, es cierto, no todas las parejas se aman. Sin embargo, hay algunas que, incluso con sienes canosas, aún respiran amor en sus acciones. O falla algo en la teoría o falla algo en las personas.

Hay una historia excepcionalmente inspiradora que me hace pensar que, aunque se vacile a veces, eso del amor debe existir. Hubo una vez un joven de La Rioja que, junto con otros compañeros, bajó a la Bahía de Cádiz a estudiar formación profesional. De familia sin dinero (cómo la mayoría de entonces) se decidió a hacer fortuna en donde “El Dorado” de Astilleros era garantía de sustento. Allí, en una parte borrosa del cuento, parece ser que conoció a una nativa “liberal” para la época; de aquellas que tocaban la guitarra, luchaban contra el franquismo y llevaban minifalda. Todo indica que se enamoraron mucho el uno del otro. Durante el tiempo en el que él estuvo estudiando, todo eran alegrías. Pero llegó un momento en el que, agotada ya toda oportunidad de trabajar en astilleros, al muchacho no le quedaba más alternativa que volver. Él le pidió tiempo a ella para ganar la suficiente para bajarse a vivir con ella. Ella, con un “cuatro-latas” amarillo se subió a buscarle. Cómo el cuento del príncipe en el blanco corcel, pero versión “made in Spain”.

Se casaron, un día 2 de abril, en un humilde juzgado de pueblo. Era algo innovador para la época. De Luna de Miel, a chiflar a la vía. A Galicia. Las tour-operadoras no pasaban entonces de Torrevieja. ¡Qué periplos los de las parejas de entonces! Aunque parezca increíble, no se quedaban hasta los 30 en casa de los padres. Vivían por su cuenta, al principio en una casa, pero después cambiando a otras. Eran los tiempos en los que se tenían hijos aunque no hubiera dinero suficiente para pagarles hasta el Ipod. Y llegó el primero, y ocho años después, el segundo. Y trabajaron juntos y separados. Y pusieron tierra de por medio. Y la desazón de la rutina y las riñas de fin de semana. La vida les dio golpes. Perdieron y ganaron. Pero es algo extraño…

Porque cuando parece que todo se les echa encima, que es imposible seguir así, rebrota algo singular. Cuando ella se enferma, él vela su reposo. Agobiado por todo, él sólo con ella encuentra consuelo. Es como si el mundo se empeñara, con sus problemas diarios, en ahogarlos. Y ellos se apoyaran siempre el uno en el otro para siempre salir a flote. Con un extraño e incomprensible magnetismo, lo saben. Se tienen el uno al otro. Y aunque él siga sacando el cuchillo y ella, pidiendo un bocadito nada más, eso extraño que los ata debe de ser amor. Porque si eso no lo es, es que de verdad el amor no existe.

Hoy han cumplido 25 años juntos, toda una vida. Muchísimas felicidades. ¡Y ojalá que vengan muchos más!

domingo, 16 de marzo de 2008

Arnedo en fiestas

Cuando se baja la cuesta de mi casa, ya se nota el ambiente distinto. Hasta el olor es distinto. El humo de los sarmientos que prenden, de las chuletas en las parrillas, lo invade todo. Las cuadrillas de chavales campan a sus anchas, con las chaquetas de peñistas, rojas y verdes. En las calles, los tablones de los encierros protegen las aceras. El escenario de la Puerta Munillo permanece vacío a la espera de que la peor orquesta de la zona ofrezca un recital de música verbenera. Las parejas entradas en canas aún no han venido. Están haciendo cola en las degustaciones. Y pobre del que se atreva a meterse en una cola con ellos. El marcaje es más intenso que el que le hacen a Messi en el Nou Camp.

En fiestas todo tiene su ritmo, siempre en función del gusto del consumidor. Por las mañanas, el encierro, probablemente la mayor congregación de resacas y borracheras por metro cuadrado. Se sale del desayuno de la Peña, se para en el quiosco para comprar la prensa y se sienta uno en un banco para hacer cómo que le interesan las vueltas de la vaca para arriba y para abajo. Eso sí, si alguien no falla es Don Luis (el cura del pueblo), que con sus 70 años sigue volando cómo un cuervo delante de la vaquilla. De ahí, se abre la plaza y los chulos del pueblo salen a recortar. Si alguien sobrevive al tedio, aún puede irse a dar una vuelta. Si has salido toda la noche, a la cama. Cuando te despiertas, tras unas pocas horas de sueño, conviene echar un bocado. Las comidas son multitudinarias, en bajeras siempre hasta los topes. Cómo poco, una veintena. Para matar la tarde, siempre se organiza alguna timba de mus, o un campeonato de poker. Uno puede tener más o menos suerte, pero lo que no falla es el pacharán. Si, que demonios, de pueblo cómo las amapolas. Y eso que alguno se echa también un farias.

La cena, en cuadrilla. Poco variada (unos pollos, caretas cómo mucho) y luego para la feria. Ya no nos montamos en las atracciones, que son las mismas de todos los años. Pero a la tómbola, con los dardos y carabinas, no paramos. Por cierto, que bien hemos surtido el cuarto de utensilios de cocina. Y a la vuelta, a beber. Con o sin cartas, hasta las tres no practicamos más deporte que el de la botella arriba y abajo. Después, a los bares. Si hay gente, te quedas en la calle, charlando y persiguiendo la charanga. Últimamente hasta elegimos canción. Si hay espacio en el bar, a bailar hasta que el cuerpo aguante. O hasta que nos manden a la calle y nos movamos para buscar el desayuno en la peña. Ya veis, que ciclo virtuoso de fiesta.

Este año, y eso es verdad, ha sido la primera vez que estaba en fiestas de San José desde hacía 4 años. Antes me cuadraba con exámenes, pero esta vez no había limitación y nos hemos podido juntar todos los amigos. Me lo he pasado de cine, cómo suele pasar en fiestas. Sin embargo, se nota que vamos para viejos. Antes no había día que no estuviéramos hasta bien entrada la mañana. Este año, la mitad de la compañía caía antes de ver el sol. Pero bueno, es ley de vida. Eso sí, que nadie lo dude, mientras que nos quede energía (e hígado) seguiremos viviendo las fiestas. Pero todo lo bueno se acaba. Ahora, toca descansar…